En muchas familias son las mujeres las que actúan como "historiadoras, las guardianas de la memoria, seleccionando y conservando el archivo familiar". Los académicos y profesionales de los estudios archivísticos no han prestado suficiente atención a esta labor de conservación del registro de la memoria relacionada con el género.
Mi madre fue la guardiana de la memoria de mi hermana y la mía. Y de igual manera que fue la guardiana, también fue la fabricante. Tenía un ojo entrenado, no la recuerdo tanto con una cámara de fotos en las manos, pero sí con una de video. Todo niño que haya tenido la suerte de tener a alguien en su vida con corazón de archivero une los momentos importantes (funciones del colegio, navidades, carnaval, Halloween y cumpleaños), casi rituales, a un encuadre concreto. El encuadre de mi memoria es el ojo de mi madre, plano abierto, cerrado, aberrante, da igual, no necesitan análisis, y no necesito una certeza de que, efectivamente, es ella la que está detrás de la cámara, simplemente lo sé.
Repasando las fotografías de este carrete caducado que encontré hace unos años en uno de los cajones de esos muebles casi fortificados de un marrón propio del desarrollismo español, reparé en la cantidad de fotografías en las que aparece mi padre, muchísimas. No necesitan ser revisitadas en un sentido de memoria crítica, la disociación como resultado de un trauma infantil y de las situaciones de maltrato sufridas por una madre ya hicieron ese trabajo, su nula capacidad de entrega, respeto, escucha, afecto y dedicación está más que confirmada. Me hago preguntas sobre el poder del archivo: sobre lo punitivo y volátil que resulta. El archivo es hegemónico por naturaleza, monumental, documentos que dialogan con el poder y donde los olvidados quedan representados como bocetos precarios de su existencia. No es nuestro caso, tanto mi hermana como yo somos las protagonistas de este archivo, pero ha sido ella la que ha decidido sobre la lectura circular de nuestro álbum.
Imágenes que no dialogan con las cintas de video que conservamos de estas vacaciones, donde la coincidencia se limita a un mismo espacio y unas mismas camisetas. Pienso en el esfuerzo casi ornitólogo que hacía para avistar y capturar lo que ella siempre llama "compartir". Es aquí donde encuentro esa construcción hegemónica del archivo: su capacidad para rellenar silencios en nuestra memoria que más tarde han sido cuestionados en esa reapertura vivencial y anecdótica que supone poner un álbum de fotos sobre la mesa.
Su mirada, su encuadre, ajustado a una estatura que se mueve con la nuestra, ha construido nuestro archivo monumental, punitivo en contadas fotografías. Las fotografías en las que ella aparece, en cambio, están limpias, pues es curioso que todas están tomadas desde un ángulo contrapicado, haciendo eco de la estatura de unas niñas que todavía no han alcanzado a su madre. Imágenes que fueron tomadas sin conocimiento de la fuerza que tiene archivo y que contrastan con aquellas en las que la luz, el contenido y el momento abrazan futuras relecturas que llenan ausencias.